En 1667, Padre Guarino Guarini, arquitecto de corte y gran
exponente del barroco piemontés, fue encargado por Carlo Emanuele II de Savoia de
proyectar y realizar la capilla en la cual conservar la Sábana Santa.
La Reliquia había sido traída a Turín por Emanuele Filiberto, en 1578, cuando eligió
la capital piemontés como capital de su reino, pero los trabajos para dar una colocación
fija y permanente al Lienzo duraron hasta el 1694. |
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Los Savoia, guardianes de la Sábana, la veneraron profundamente y
la capilla llegó a ser el simbólico punto de unión entre los dos poderes, temporal y
espiritual: fue colocada entre el ápice de la nave mayor de la Catedral y el apartamento
del rey.
El Guarini trabajó al antecedente proyecto de Bernardino Quadri y se fundó sobre la idea
de la Sábana Santa como extrema atestación del sufrimiento de Cristo para el género
humano, desarrollando un recorrido ascético de salvación y de elevación hacía la
gloria divina.
El acceso a la capilla era posible a través de dos escalinatas que empezaban desde el
fondo de las dos naves laterales de la Catedral. El mármol negro lúcido resaltaba sobre
el revoque claro de la catedral.
Los tramos se dirigían hacía el alto, mostrándose poco a poco a la vista, en una
sensación de tortuosa ascención. Las escalinatas acababan en dos pequeñas estancias
circulares. De aquí se podía ver la habitación central, un círculo perfecto hundido en
una suntuosa oscuridad: los pisos eran decorados con una fantasia de estrellas de bronce
que remitían a la costrucción, envolviéndola de luz.
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En la paredes, destacadas por sobrios pilares corintios que
suavizavan el voluptuoso efecto del mármol, se habían obtenido tres grandes arcos, uno
de los cuales se asomaba a la nave central de la Catedral.
La mirada de quien se arrodillaba para rezar a los pies de la composición que contornaba
la Sábana Santa, levantándose hacía el alto, procedía desde la penumbra de la base
hasta la extremidad de la estructura, dominada por la paloma del Espíritu Santo. De esta
se originaba un juego de formas y luces que proyectaba hacía la cúpula.
La variación cromática del mármol que cubría los volúmenes acentuaba la sensación de
lance hacía el alto: del negro lúcido de la base se pasaba al gris opaco de la cúpula
horadada, aligerada por las finas nervaduras del sistema de coronas de pequeños arcos que
apoyaban unos sobre otros.
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La cúpula era sembrada de una luz vibrante y era destacada por un
conjunto de símbolos que remitían a la perfección divina.
Toda la estructura había sido concebida sobre la base de múltiplos del número tres
(espejo de la Trinidad) y sobre figuras perfectas (círculos, triángulos y estrellas):
una explícita remisión al cosmos que se mueve hacía la luz del sol, visto como el
"Christus Triumphans", que guía el hombre a la Salvación.
El recorrido arquitectónico era un procedimiento de elevación espiritual. |
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