Reconocemos la presencia de
Dios en la Palabra (JN 1, 1-14)
Preparamos también el cuerpo a
la escucha (LU 10, 39)
Alimentamos la vida con la
Palabra de Dios (AM 8,11)
La Palabra comunica aquí, hoy
(NE 8, 1-7)
Eficacia de la Palabra (LC 7,
1-10)
Ejercitación
espiritual para rezar la Palabra de Dios
Reconocemos la presencia de Dios en la Palabra (JN 1, 1-14) El
prólogo de Juan nos introduce en el misterio de
Dios que es Palabra: la Palabra se hizo carne
porque el hombre pudiese conocer a Dios (véase
Heb 1 1-2) "Dios se hizo hombre para que el
hombre pudiese llegar a ser como Dios".
Preparamos también el cuerpo a la escucha (LU 10, 39) En
LU 10, 39 descubrimos la actitud rezante de
María que "está sentada a los pies de
Jesús", expresando también con el cuerpo
el deseo de recibir la Palabra.
Alimentamos la vida con la Palabra de Dios (AM 8,11) El
profeta advierte que Dios está cansado de hablar
sin ser escuchado; solo quien tiene hambre y sed
de su palabra encontrará la salvación.
La Palabra comunica aquí, hoy (NE 8, 1-7) El
trozo presenta una "teología de la
liturgía de la palabra". Aquella forma de
lectura de la Palabra será la de Dios en la
sinagoga; él relacionará al hoy el sentido de
la Escritura, realizando en si mismo su
contenido. "Hoy se cumple esta
profecía"; en Cristo el texto adquiere un
"hoy", un sentido en el presente
(véase LU 4, 21).
Por lo tanto, gracias al Espíritu sentimos
actual la Palabra (esta narración hoy habla
conmigo, verdaderamente conmigo, de manera
íntima y muy personal). el encuentro con la
palabra es el encuentro con Dios. Yo no leo sino
que ESCUCHO a quien me ama y hoy habla conmigo,
aquí. Entonces, como sucede en cada encuentro,
toda la persona está comprometida: inteligencia,
sentimiento, imaginación ....
Eficacia de la Palabra (LU 7, 1-10)
La Palabra de Dios es anunciada de manera eficaz,
en el sentido de que realiza lo que dice. La
Palabra se realiza, volviéndose acción.
Pensad en la fe del centurión romano (LC 7,
1-10): su esclavo está enfermo y hace llamar a
Jesús para que le salve ... pero después sale
al encuentro de él y dice: "No soy digno de
que entres debajo de mi techo. Mas di tú la
palabra y sea sanado mi sirviente".
He aquí la fe en la Palabra: no es necesario que
Jesús bendiga, es suficente la palabra. El
centurión es consciente de la fuerza de la
palabra. El tenía autoridad: decía a su
esclavo: "¡Haz esto!" y él lo hacía;
"¡Véte!" y él se iba etc. ...
He aquí la oración de un pagano vuelve a ser
nuestra cada vez que decimos: "Señor, no
soy digno de participar a tu mesa, ¡di solo una
palabra e yo seré salvado!"
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